Una buena canción al escucharla inmediatamente nos toca el alma y es una magia instantánea la que va manifestándose con cada armonía y cada verso, para hacer vibrar al mismo universo con todo lo que deseamos expresar. Lamentablemente no todos tenemos el don de la palabra, o este nos falla en el momento preciso; por eso, los compositores, unión sublime del músico y el poeta, van haciendo de confesores y psicólogos, de mejores amigos y de abogados del diablo, de sabios reflexivos y de sentimiento infantil, de alguna de ellas o de todas juntas, para ser la memoria de los pueblos, la voz del que sólo tiene corazón y no logra expresar lo que quiere.

      Un compositor pues, es el hacedor de maravillas, el que hace reír y hace llorar, el que eterniza un amor o consuela y marca un adiós. Es el artista detrás del artista, es el famoso entre los famosos y que al mismo tiempo permanece oculto en sus pensamientos, es el Quijote tras una quimera, es en resumen el Cyrano de Bergerac, que muere y revive, entregando la magnificencia del amor en cada una de sus creaciones.